Amaranta

Para Gladys y Violeta…


Artículo 1.

  1. Chile es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, Intercultural, regional y ecológico. Soñemos…


Casi que rejuvenecí de nuevo, casi, pero perdimos… otra vez
Una vez ganamos, pero duró poco. Hay gente que no sabe perder… y contra esos mismos hemos peleado toda una vida.
Ahora estoy cansada, ya no ando ya, apenas me puedo las piernas…
Pero hay que levantarse igual, yo quiero morir andando, igual que mi viejo que trabajó hasta el último día de su vida…
Mi nieta lleva una semana llorando y pidiéndome perdón.
No hicimos lo suficiente abuelita para que usted se fuera tranquila, me dice.
¿Cómo le explico que no debe rendirse, si esta vez yo tengo ganas de hacerlo?
El resultado no fue el que esperábamos y ganaron los de siempre… La amargura que se
siente es casi tan grande como la del 73, aunque menos teñida de sangre.
¡Por la miechica! se supone que habíamos aprendido de las experiencias, pero no…
Con palabras bonitas, trucos nuevos que no entiendo, bot o algo así, dice mi nieta y
haciéndole creer a la gente que el “Rechazo” era igual al “No” del año 89…
Los muy canallas caminaron por el mismo puente en donde se hizo la colorinche campaña del No, pero ahora en vez de un arcoíris, le habían faltado el respeto al color amarillo y se lo apropiaron.
Los muy canallas nos dieron vuelta la espalda, la misma espalda que nos dieron cuando
lavaron su conciencia justificándose en la importancia de la moderación y hacer cambios
solo en la medida de lo posible…

Con 93 años a cuesta quería sentirme llena de esperanza como antes, como aquella vez
donde fuimos al estadio nacional a celebrar el triunfo de la unidad popular.
Fue tan bonito… Nunca fui más feliz como ese día, ni cuando me casé, y eso que yo quería a mi viejo. Ese estadio lleno de gente que creía en la justicia social y en la fuerza del hombre y la mujer trabajadora, igual que yo.
Mejor me tomaré mi té bien caliente como me gusta a mí, mi nieta siempre se ríe, porque aquí en este desierto el calor es tremendo como para tomar algo hirviendo. Pero hace poco me dio la razón, me dijo, ¿sabías, abuelita, que en los países árabes donde quema el sol también toman el té caliente?
Yo no sabía, pero me hice la que sí.
El té sirve para regular el calor interno, dice.
Ahora me río yo de ella, porque solo es cosa de que pasen los años para que los jóvenes
entiendan a los adultos y sus ideas.

Yo formé mi carácter en la casa de cena que mi papá tenía en la oficina salitrera María
Elena, yo digo de mi papá pero la llevábamos adelante todos juntos.
Siempre he tenido mis ideas muy claras, desde que era chiquita, y nunca necesité
profesores, ni escuelas y nada de esos estudios tan rimbombantes de los que se habla hoy. Mis nietas invierten toda su plata para que mis bisnietos tengan la mejor educación para un buen futuro, dicen. Pero yo sé que la vida no funciona así.
Yo fui a la universidad de la vida, eso es mucho más importante que un montón de títulos colgados en la pared llenándose de polvo. Aunque en los 90 me llené de diplomas, me los fui ganando de a poco en mis trabajos para los pobladores.
La gente de hoy no sabe de esfuerzo, la vida en la salitrera María Elena era dura, no había tiempo para andar pensando cosas y sufriendo. Ahí uno se levantaba a las 5 de la mañana a hacer el fuego para la cocina y carnear los animales que se usaban para la semana. Eso de la depresión y pagarle a alguien para que te escuche, son inventos modernos que no sirven de nada. Cuando uno es fuerte adentro y ocupa su cabeza en el trabajo no tiene tiempo para pararse a pensar en depresiones y penas. Una piensa en la gente, en el pueblo que sufre y por el que hay que trabajar para que todos juntos suframos menos las miserias de los obreros. No se puede andar uno poniendo triste porque el marido no la mira, si una sabe que viene cansado de recoger el caliche. El trabajo era duro y ellos aguantaban como campeones. ¿Para que uno los iba a molestar con sentimientos tontos? cuando lo que debemos hacer es ayudarlo a parar la olla.
A los 10 años yo ya sabía degollar gallinas, sacarle las plumas y cortar los trozos para
hacer la cazuela. A los 13 ya podía carnear los chanchos, con un martillo gigante se le
pegaba en la cabeza para que se aturda y así la pobre bestia ya no sufría lo que viene
después que es hacer un corte en el cuello, meter el cuchillo para reventarle el corazón y
dejarlo que se desangre. Con los cabritos se hace lo mismo, pero la sangre es más
poderosa, uno le pone harto ajo molido, perejil y pimienta para dársela a los pirquineros
cuando venían de sacar el caliche. Después las esposas le iban a pedir a mi mamita que les preparara más y le dieran al marido ya que andaban en busca del niñito. También venían a buscar la sopa cuando alguna de las obreras recién paridas tenía la mirada perdida y no le salía la leche para la guagua. Esta receta era irremplazable, un verdadero levanta muertos.

Mi mamita me mandó a la escuela, alcancé a ir al primero básico y aprender las letras y
juntarlas, pero no me gustaba mucho eso de andar escribiendo. Yo siempre pensé que eso era para los señoritos que no se querían ensuciar las manos con el trabajo duro, el trabajo que de verdad sirve. Porque digo yo, ¿de qué sirve saber escribir bonito y ordenado si no sabes carnear un animal?¿Cómo vas a dar de comer a la familia si no tienes fuerza para agarrar firme a las bestias? Por eso le dije a mi mamita que mejor no iba más a la escuela y la ayudaba a atender a los obreros.
Me levantaba antes que todos, le hacia compentencia al gallo negro que teniamos para que pisara a las gallinas. Mi único juego del día era darme cuenta que todavía estaba oscuro y ver que el gallo no había cantado, me levantaba rápido le sacaba la lengua y empezaba a juntar la madera, prender la cocina, poner agua, hacer la masa del pan. Cuando mi mamita se levantaba con los ojos hundidos me veía y me decía “mijita tan habilosa que es”, después le contaba a mi papito y él con sus ojos de cristal azul me miraba y me decía “con su deber cumple”.
Mi día era así, mientras comía algo empezaba a preparar al tiro el desayuno de los
pirquineros que llegaban listos para ir a perderse en el desierto a sacar el caliche.
En la noche los esperábamos con tres platos: la cazuela, un segundo y el postre. Hablaban de muchas cosas pero siempre repetían la historia de la escuela Santa María donde murieron todos los obreros por reclamar para que les dejen de pagar con fichas.
Me pregunto si los mineros de hoy sabrán todo lo que tuvieron que hacer los de antes para que ellos puedan vivir como viven. Y más aún las mujeres de los mineros tan distintas a las de mi época. Ahora se lucen en sus autos grandes y con sus carteras y zapatos que solo entre ellas saben lo caras que son. Acaso no saben que van a jubilar con tan poca plata, igual que yo. Pero ahí andan felices de que ganó el rechazo.