Escribir es como boxear. Esta analogía, usada por varios escritores, hace referencia a la forma en que se asume el oficio de escritor o, a los peligros físicos y psicológicos que significa enfrentarse en combate sobre un cuadrilátero blanco ante un tema o idea que se hace enorme.
Joël Dicker, en su thriller “La verdad sobre el caso Harry Quebert” hace una de las analogías más humanas sobre el tema.
En la primera parte de esta novela, Marcus Goldman, su protagonista, un estudiante universitario con fama de “formidable” que ha obtenido en la secundaria y con pretensiones de convertirse en gran escritor, conoce al que será su gran mentor, el mito literario que imparte clases en su Universidad, Harry Quebert. Hasta ese momento, Marcus, no es más que un estafador que ha logrado engañar a todos -o al menos, él mismo se ve así- utilizando una técnica no tan inusual. Siempre que le ha sido posible ha escogido el reto o enemigo menos peligroso. Así, Marcus ha logrado una impresionante cadena de éxitos en su vida que, sin embargo, consiente de la verdad, no puede sentir como logros auténticos. Marcus se siente un impostor.
En la Universidad, decide estudiar aquello que le parece más conveniente, Letras. Harry Quebert, se convierte en su profesor, pero después de leer unos textos parece reconocer sin dificultad los trucos que su alumno utiliza en la vida. Un método que es descrito por su futuro mentor con crudeza, lo suyo es simple cobardía Marcus, le reprocha. Cobardía para enfrentar la vida o un texto, pero una que se hace aún más terrible porque se disfraza con astucia para obtener beneficios que no le corresponden. Subir a pelear al ring con alguien que lo pueda vencer -ambos comparten tal afición- es lo que el profesor pide al alumno para que él acepte ser su mentor. Marcus, después de una derrota brutal, logra la amistad y mentoría de aquel que ha escrito la gran novela americana y obtiene la primera lección, “aprender a caer”, si uno logra levantarse, la que sigue es la disciplina del entrenamiento lo que te aumenta la posibilidad de en algún momento ganar la batalla. Porque, concluye el maestro, no se puede enseñar a escribir, se puede enseñar a ser escritor ya que “escribir libros es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor” concluye Harry Quebert. Una lección que conducirá al protagonista de la novela a dejar de escribir cuentos mediocres para luego escribir una gran novela.
Julio Cortázar, más académico, relacionaba el arte de boxear y la técnica de escribir afirmando que “La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”
Más bravucón, Ernest Hemingway afirmaba, “mi escritura es nada, mi boxeo lo es todo”.
Todas estas analogías, y existen muchas más, sobreentienden el escribir como un oficio violento.
Yo entiendo, hago una analogía diferente: escribir se asemeja a nadar.
Y no, nadar no siempre es una situación pacífica.
Nadar no solo implica la placidez de disfrutar el verano enfriando el cuerpo entre aguas frescas cerca a la orilla. Escribir es, para mí, a veces incluso un oficio más peligroso que enfrentarse a un rival que con un gancho en el estómago te puede dejar sin aire. Hay un oponente aún más atemorizante que uno debe aprender a enfrentar, uno mismo y su realidad.
Es claro que, a menudo, nadar conlleva la maravillosa calma de sentirse volando, la libertad de convertirse en un ser de otro mundo donde las leyes de la gravedad que nos rigen en el nuestro se han aplacado para liberar a nuestro cuerpo físico de su propio peso. Es entonces que, la sensualidad del agua rozando un cuerpo semidesnudo provoca un placer trascendente, la mente agradece el ejercicio que logra un cuerpo sano, zambullirse para escapar de sol que en un cielo de metal azul seca hasta las nubes en verdad reconforta. Pero, a veces, cuando uno es consciente que ha abandonado tierra firme, o cuando uno ha decidido adentrarse en aguas donde la infinidad de transparencias bloquean hasta la luz, se tiene la seguridad que si uno deja de brasear o simplemente moverse tiene como único resultado el convertir esa inmensidad en un sarcófago cristalino. Es entonces que nadar deja de ser un acto lúdico, se convierte en esencial para sobrevivir. Esa conciencia, la que indica que para sobrevivir en aguas profundas uno debe moverse/escribir, es lo que para mí define a un escritor. Un escritor no se puede detener.
Es bien sabido que hay diferentes tipos de escritores, diferentes estilos de escritura, como diferentes técnicas que sirven para mantenerse a flote, aunque los más recomendables -y esto va en serio- son aquellas que sabemos funcionan con eficiencia. Y esto es algo análogo a nadar. Es necesario conocer, practicar una técnica hasta que nos proporcione la confianza y seguridad para adentrarnos a aguas profundas, o en un océano vasto que sin saber exactamente por qué, nos atrae.
Es además sabido, que no es lo mismo nadar en las aguas tranquilas de un lago que hacerlo en las potentes corrientes de un río. Que nadar en las aguas de un mar calmo necesita de un esfuerzo diferente a nadar en las embravecidas aguas de un océano turbulento. Pero cuando uno tiene la confianza suficiente en sus conocimientos y en la fuerza de los músculos, se puede escoger donde uno quiere nadar. Se puede nadar rápido o lento, se puede bucear en mares extraños buscando sucesos inusuales o animales peligrosos, se puede flotar mirando el cielo. Pero, cuando nos adentramos en mar abierto y fruto de nuestra arrogancia enfrentamos un mar embravecido confiando que lo aprendido es ya suficiente, el peligro toma otra dimensión. Olas enormes que no calculamos nos esperan y de pronto, nos encontramos braceando no solo para mantenernos a flote, si no con la conciencia de que volamos sobre las cimas más elevadas que conocemos sin ningún otro sustento que nuestras frágiles fuerzas. Que nuestro cuerpo no adaptado a ese entorno donde lo profundo es insondable y aterrador solo tiene la posibilidad de sobrevivir si nuestra mente permanece en calma para que cada brazada, cada esfuerzo, cada pequeña molécula de aire pueda ser aprovechada. Es en ese momento final, aun poniendo en riesgo la propia vida o, lo que a veces es aún más dantesco, el alma, cuando uno puede comprobar que se puede mantener a flote no basta, hay que saber pelear o ayudar a nuestro propio cuerpo, a nuestra mente.
A veces, por caprichos del alma que a uno le ha tocado, uno busca aún algo más que aguas profundas. Es cuando nadar en la oscuridad se convierte en otro momento final. La oscuridad, esa madre de todos los temores, ese vientre fértil al que todos volveremos desnudos, es al final, el más grande océano que se conoce. Así que cuando uno está braceando en aguas donde ni siquiera se refleja la luna, cuando la falta de luz nos convierte en seres sin cuerpo que flotan en el universo. Nadar puede convertirse en la sensación más liberadora o en el terror más violento.
El sentir un uppercut en la quijada, el dolor de la nariz quebrada por la solidez de unos huesos entrenados contiene una violencia tan física que atemorizan sin duda alguna. Es entonces, que aprender que con un juego de piernas se puede escapar de unos puños que buscan partir tu ceja, que mantener los brazos levantados son una defensa sólida, que esperar mientras se van dando golpes que en el primer capítulo desgasten al lector más incisivo para que en el segundo se lance nuestro golpe más fuerte, se hacen en evidentes lecciones para boxear como pueden servir de analogías para escribir, pero en la soledad -que cada escritor padece- en esa aparente calma que contiene una hoja blanca pero que por un misterio inaccesible puede tomar las formas de un océano sin fin y, sobre todo, sabernos en ese cosmos donde estamos ciegos, y que la acuoso forma de lo negro se bambolea con un sonido que te atrae a una profundidad infinita como si de un encanto metafísico se tratara, el final que se hace previsible es que tu conciencia misma será ahogada y que tu cuerpo será borrada entre gorgojeos o estertores inútiles. Es decir, el terror consciente a un infinito donde no estaremos se puede convertir en una especie de mandato interior, un trance no racional que nos obliga -si el valor que tenemos es suficiente para mantener la calma para enfrentar a a ese monstruo desmesurado- a seguir buscando una orilla que no siempre es visible.
Es, tal vez, este trance extraño, el escribir, el que por motivos que nadie explica de forma transparente puede tener un resultado diferente incluso a los que imaginamos. Porque, esa es la diferencia de nadar con boxear, no se gana o se pierde una batalla. Saber nadar no significa buscar vencer al océano. Ya que como escribía William Faulkner cuando uno de sus personajes de El ruido y la Furia, Quentin Compson, recibe de su padre un reloj que perteneció a su abuelo y le dice. “…Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.”
