La cuarentena es mi templo. Este confinamiento es un ajuste de cuentas, un reglaje en el péndulo de mi tiempo trastocado. Ya no está el tictac de la normalidad ajena, ese tinnitus que ritmaba mi vacío. Por fin, juntos y revueltos, somos todos iguales. Soy un ciudadano más.
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¿Qué ciudadano soy? ¿Este que mira lánguidamente a quienes los lunes se levantan cansados, esos lunes que hoy añoro con dolor, o ese que, por razones ajenas a su voluntad, ha quedado marginado de la ebullición mundana? ¿O acaso soy aquel que toma esta fase de la vida como un «período de oportunidades»? ¿Soy todos?
Suena el despertador, pero lo apago, torpe y cansino. He pasado una parte de la noche navegando en Internet, escuchando música y respondiendo mensajes atrasados. Atrasados por negligencia más que por falta de tiempo. Eso es lo que ahora me sobra.
Por fin, me levanto. Hay que ducharse y tomar desayuno. El agua tibia y el alimento me darán el impulso para empezar un nuevo día en el que todas las posibilidades se vuelven a abrir o donde muchas se cerrarán. Eso no lo sé a ciencia cierta y por ello vivo en este estado de fragilidad desde hace diez interminables meses, algunos días atacando al mundo con garra y otros sufriendo los golpes de la realidad. A esta edad, hay muchos desempleados revolcándose en sus diplomas de marcos dorados que antes adornaban una pared hacia donde prefiero no mirar.
Abro la mensajería: hoy solo hay spam. Desde hace un tiempo, intento mantener una rutina. Sé que es importante para mi equilibrio, así como el agua que me ha limpiado el cuerpo y el pan que he ingerido. Recuerdo entonces que mi mujer me ha dejado una lista de compras y prefiero salir a hacer esos recados.
En el supermercado hay solo viejos y mujeres con niños pequeños. Yo no pertenezco a ningún grupo. Siento un gran malestar. Lleno deprisa el carrito y salgo corriendo de ese lugar. Sé que más tarde ella me reñirá porque olvidé la fruta o el yogur.
Al llegar a casa, me siento normal, pues es mediodía y los otros ciudadanos están haciendo la pausa. Yo también. Me llama mi mujer, me pregunta si he almorzado y le respondo afirmativamente (no quiero que se preocupe). Llamo a un amigo. Responde el contestador. Prefiero no dejar mensaje.
A las tres de la tarde, observo mi escritorio, medio revuelto entre papeles y tazas sin lavar. Me siento delante de la computadora, la enciendo y abro el sitio web del cazatalentos cuya tarjeta he encontrado en una chaqueta que no me ponía desde hacía muchas lunas. Hay un puesto que podría convenirme. Con dos cafés a cuestas, adapto mi currículum para que calce en tal postulación y lo mando. Clic. ¡He superado el reto del día!
En estos últimos meses, la vida me lleva por senderos raros. Las calles son diferentes a las once de la mañana que a las siete. El andar de la gente es tranquilo. Me interesa la jardinería, leo el Código Civil, incluso he conocido mujeres, pero no tengo ganas de levantarme a nadie. Es muy complicado tener una amante en estas circunstancias. Falta dinero para quedar bien, pagar un café o el hotel de paso. Por eso vivo una vida sin extravagancias ni caprichos. Paulatinamente, van agotándose las posibilidades de satisfacerlos.
Mis amigos dicen: «Estoy muy ocupado». Esta letanía me irrita. De pronto, me parece que todos me dan la espalda porque están tan ocupados. El mundo va muy rápido. Soy yo el único que no avanza. Peor aún: no sé si algún día avanzaré.
A veces se me aparece el duende de mi deseo profundo, que algunos llaman «pasión». En mi foro interior, sé que si lo escucho, podré ser feliz. Sólo delante de él puedo sacarme la máscara. ¿Cuál es este miedo atávico que me aleja de mi esencia y me sumerge en este estado de inmovilidad? ¿Por qué, en realidad, quiero ser un ciudadano más? ¿Para qué quiero una vida de lunes a viernes, de nueve a cinco?
El fin de semana se ha convertido en mi santuario. Me fundo en la masa de fieles que se divierte, que sale, que ríe, que baila, que se olvida de lo olvidable: el trabajo. Soy corpóreo, me quito el hábito de invisibilidad con la que me han vestido los días útiles en los que soy inútil. Salgo, disfruto y comulgo en esa paz, que para los otros ciudadanos es torbellino. Para mí es sosiego y normalidad. Hasta que vuelve a sonar el despertador del lunes.
