Todo oídos

Jano y su madre llegaron a la frontera. Habían recorrido los mil doscientos cincuenta y tres kilómetros que los separaban de la «patria» que sus progenitores habían abandonado hacía más de veinte años, escapando de trabajos denigrantes y, quién sabe, de la cárcel. Pero ahora el Gobierno había facilitado el retorno, mediando un pago, el cual les exigía como reembolso por los estudios que habían realizado en la tierra natal.

En la aduana les revisaron el auto hasta con espejos para asegurarse de que no llevaran nada prohibido. Luego, Jano y su madre avanzaron a lo largo de la alambrada y siguieron algunos cientos de metros, tierra adentro. El tío Marek los estaba esperando en el lugar acordado. Aparcaron. Dijo la madre en voz bajita, achinando los ojos para tratar de reconocer al hermano, cuya silueta adivinaba a lo lejos: «¿Es él? Parece que sí… ¡Cómo ha cambiado!». Jano la miraba de reojo: nunca le había visto aquella sonrisa, ni su voz era la misma. Tintineaba con cada palabra, creando dentro del coche un paisaje cristalino e iluminando a su vez el segundo plano de los edificios grises y decrépitos de aquel extraño lugar.

Los hermanos se fundieron en un abrazo corto y recatado, como si se hubiesen despedido en la víspera, pronunciando palabras nuevas para Jano. El tío lo abrazó, le cogió tiernamente la cabeza con las dos manos y, mirándolo a los ojos, le dio una palmadita en la mejilla.

En casa los esperaba toda la familia. Solo faltaba el padre de Jano, que había preferido no emprender el viaje porque su corazón no estaba preparado para un reencuentro de tal magnitud después de veinte años de ausencia forzada.

Esa tarde les sirvieron abundantemente de comer y conversaron sobre la vida en uno y otro lado de aquella cortina que los había separado tanto tiempo. Pero también hablaron sobre todo y nada, como se hace en las sobremesas familiares, que Jano nunca había conocido. Era una situación nueva eso de tener primos curiosos, tíos circunspectos, tías metiches y una abuela achacosa. Observaba. Pero, sobre todo, escuchaba. Escuchaba una lengua que hasta entonces solo había usado con sus padres y algunos amigos de estos, en círculo cerrado. A veces, sus padres le pedían que no la hablara en público. En casa era usada para cuestiones domésticas: ¡A comer! ¿A qué hora vuelves? ¿Te lavo los pantalones? ¿Tienes deberes? Poco a poco, sus padres fueron mezclándola con el idioma del país de acogida, insertando en ella nombres de cosas de la vida cotidiana del nuevo lugar y frases oídas en la televisión o las tiendas.

Pero durante los días que Jano pasó en casa de su recién estrenada familia, la oyó en su estado puro. Las «aes» le sonaban más abiertas y las «erres» menos vibrantes que las de sus padres. La primera vez que salió a la calle solo, le pareció que estaba en un planeta diferente, pero familiar. «O sea que era verdad, o sea que también la hablan otros. O sea que se pueden decir otras cosas con ella», pensó.

Con el transcurso de los días, estas tonalidades se fueron convirtiendo en un suave ruido de fondo al que se acostumbró como a un arrullo. Tenía la sensación de estar flotando en un universo de palabras que iban cubriéndole la piel, vistiéndolo de una nueva identidad. Completándolo.

Durante una semana, y a sus veinte años, Jano vivió por primera vez –y embelesado– la banalidad de una gran familia: tardes de ocio con los primos, sermones de los tíos, cuchicheos y risas de las tías en la cocina, así como mimos y regaños de la abuela entre zurcidos de calcetines, mirando las noticias. Todo aquello, en esa lengua. Aquella intimidad lo devolvió a una semilla que había intuido desde siempre.

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Esta historia se la contó Jano a su hijo. El hijo de Jano no ha aprendido la lengua de su padre.